MIGUEL DÍAZ. Espronceda plasmó el halo romántico de la piratería y le endosó diez cañones a cada banda, Sabina se fijó en la vertiente canalla y provocadora y cantó a la bandera de las dos tibias y la calavera, Walt Disney, tras titularse en la caza de brujas hollywoodiense, también se sumó al cosmos del filibusterismo, se percató del negocio en ciernes y los emponzoñó con la saga de Piratas del Caribe. Ahora los grandes entramados mediáticos al servicio de los intereses del capitalismo global han traído a nuestras pantallas la versión más cruel, llamando a los parias piratas y presentándonos con la espectacularización de la que son tan profesos una guerra de buenos y malos para aniquilar la historia soterrada, la de siempre, la de la explotación de los más débiles para que los mismos acaben llevándose el tesoro. El último toque de esta nueva superproducción capitalista se completa con un desmedido elenco de figurantes, todos los ciudadanos-espectadores u homo-videns, en la terminología de Sartori, los que nos lo tenemos que tragar todo y aplaudir cuando llega la caballería.
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